Algunas ideas sobre la creatividad

La creatividad, ¿un nuevo valor?

En la empresa, en medicina, en investigación, en ingeniería… en la escuela.  En todos los ámbitos se habla de creatividad y se necesitan perfiles creativos capaces de adaptarse a las  circunstancias cambiantes de nuestros tiempos, personas que más que saberlo todo, sepan encontrar soluciones nuevas a las distintas problemáticas que aparecen. Debido a los continuos cambios en nuestra manera de vivir, de trabajar o de relacionarnos aparecen  situaciones para las que no existen recetas ni ejemplos previos y  que no se resuelven aplicando una inteligencia lineal, deductiva, lógica, sino que requieren una inteligencia creativa. Aunque, en la práctica, ambos tipos de inteligencia  trabajen de manera  conjunta y se complementen, se está haciendo un énfasis en la creatividad que conviene analizar.

Cualquier cambio respecto a lo que se ha hecho siempre, exige creatividad; por supuesto, también exige lógica, valor, confianza, perseverancia, fuerza y otros valores, pero hay un primer impulso que nace de la creatividad de quien se decide a buscar nuevas soluciones.

La gente creativa provoca cambios; es necesario cambiar el mundo, hacerlo mejor, adaptarlo a las nuevas circunstancias sin perder  lo que hay de bueno en él.

La creatividad, una actitud ante la vida más allá de la originalidad.

La creatividad  no es solo una actitud ante el arte, es fundamentalmente una actitud ante la vida que debe educarse desde cualquier ámbito. El campo del arte supone un excelente campo de entrenamiento para fomentar  actitudes creativas ya que exige un tipo de pensamiento no lineal, de toma de decisiones, de flexibilidad ante lo preestablecido, de combinación de cosas aparentemente divergentes… que puede facilitar el aprendizaje de estrategias creativas, pero no es el único campo desde el cual puede fomentarse la creatividad. La creatividad  no es solo un asunto del arte, es un asunto inherente a la propia vida que puede activarse desde muchos ámbitos y que, además, no es solo posible para unos pocos elegidos.

La creatividad, a diferencia de lo que a veces puede creerse, no es solo hacer cosas originales, diferentes, divertidas,  sino que -en palabras de JA Marina- consiste más bien en “producir intencionadamente novedades valiosas: no basta con que sean originales”,  en la “generación de ideas nuevas, apropiadas, de alta calidad”, en “«El proceso de tener ideas originales que tengan valor». La creatividad está ordenada a un fin, tiene un propósito: solucionar un problema, mejorar las condiciones de vida, crear algo valioso que enriquezca nuestra manera de entender o contemplar el mundo. La creatividad no es un divertimento superficial, es parte esencial del progreso humano e incluso de nuestra supervivencia.

Una mente creativa no es una mente fantasiosa, aunque fantasía y creatividad puedan tener algún punto en común. La diferencia entre fantasía y creatividad según JA Marina es el paso a la acción que constituye el hecho de “crear”. El creador no fantasea, hace; aunque lo que haga puedan ser ideas y no objetos materiales. No consiste solo ser imaginativo, es ser capaz de hacer algo a partir de esa imaginación. Ahí tenemos un gran reto: pasar al campo de la acción, de la creación y no fomentar sujetos que solo viven en sus cabezas y no encuentran la manera de contrastar, evaluar y refinar sus ideas. En los sueños todo funciona, es cuando verbalizamos o llevamos a la práctica esos sueños cuando aprendemos a ser creativamente inteligentes. La creatividad es un proceso inteligente que se hace preguntas, que busca soluciones, que juega con muchas posibilidades que en principio parecen absurdas, pero que implican una búsqueda. En palabras de Gruber es una “exploración consciente, permanente, acumulativa” en la que la perseverancia se establece gracias a la relación afectiva que se establece con el trabajo. Una búsqueda en la que no todo vale. Creatividad no es aceptar sin criterio cualquier ocurrencia aparentemente atractiva, sino que implica un proceso de indagación y de contraste de soluciones que, poco a poco, aporta un bagaje creativo. “La creatividad es el punto de encuentro entre la imaginación y la realidad.”

El dilema del talento

Bruner diferencia creatividad de genio. Quizá solo unos pocos llegarán a destacar en un determinado campo, pero está al alcance de todos ser más creativos. Tristemente muchísimas personas se califican a sí mismas como no creativas, mientras muy pocas dirían que no son capaces de aprender a leer, a escribir o a realizar operaciones matemáticas. Hay personas que padecen de discalculía, dislexia o miopía pero se considera un trastorno que precisa de tratamiento no una falta de habilidad que aceptamos sin ninguna pena. La creatividad, como la lectura, requiere un entrenamiento y un ambiente propicio, pero -en mayor o menor medida- está al alcance de todos y debería formar parte de las habilidades cognitivas.

No dejamos de ser creativos porque no nos guste pintar, se puede ser matemáticamente creativo, se puede ser muy creativo explicando cuentos o se puede ser creativo cuando buscamos alternativas diferentes a cosas tan cotidianas como la alimentación o los problemas de aparcamiento. Necesitamos ser creativos, pero la creatividad exige detenerse a pensar las distintas posibilidades, no son ocurrencias instantáneas que salen de la nada, la creatividad se enriquece con el estudio, con la curiosidad por conocer otras formas de hacer, con la reflexión sobre las experiencias previas; cuando decimos que no somos creativos quizá tenemos miedo o pocas ganas de salir de nuestra zona de confort.

Nuestras creencias sobre lo que somos nos pueden llevar a pensar que no sabemos, que no podemos, que no somos creativos… como si la creatividad fuera un talento innato que solo poseen unos pocos. Nuestras creencias, en parte, son fruto de nuestras experiencias previas y estas experiencias pueden provocar una falta de confianza, una vergüenza a hacer el ridículo, a hacerlo mal que nos protege de los fracasos, pero que no nos deja volar. “El estar cerca del suelo reduce el miedo a caer, pero impide cualquier vuelo”

¿Cómo activar la creatividad?

En mayor o menor grado todos somos creativos, pero determinados entornos o experiencias personales pueden afectar negativamente la creatividad.

En educación, no se trata tanto de hacer ejercicios de creatividad o de aprender técnicas de desarrollo creativo (aunque puede hacerse) como de conseguir un entorno respetuoso con la creatividad que permita que ésta florezca. Un entorno abierto a las ideas diferentes de otras personas o de los propios niños aunque a veces puedan ser descabelladas ya que con la experiencia irán refinando sus ideas y acumulando experiencia y estrategias que les permitirá ser creativamente inteligentes. Un entorno respetuoso que no ridiculice los errores o las ideas aunque sea capaz de interrogarlas para comprobar su validez,  la vergüenza o el sentido del ridículo que son grandes impedimentos en el desarrollo de la creatividad;  mostrar respeto, valorar sus aportaciones entendiendo y haciéndoles entender que no todo vale. Un entorno  que entienda que el error no es un fracaso, sino una parte necesaria del proceso de aprendizaje. Un entorno donde los niños se sientan valorados, escuchados y tenidos seriamente en cuenta. Un entorno autoreflexivo capaz de reflexionar sobre sí mismo, de admitir nuevas ideas y de efectuar cambios. Un entorno flexible que sepa adaptarse a los imprevistos sin dramatizar los inconvenientes. Un entorno sin prisas que no les dé todo hecho para acelerar el ritmo. Un entorno que combine la libertad con los límites, entendiendo que la falta de límites es tan perjudicial como el exceso de pautas.

Directivismo o espontaneidad

Un entorno excesivamente directivo o proteccionista no  favorece la creatividad. Hemos de dar la oportunidad a los niños de ser creativos, de no dárselo todo hecho, todo solucionado,  pensado de antemano y programado;  la oportunidad de equivocarse sin temor, de tomar decisiones a su medida y aceptar sus consecuencias es fundamental para crecer en creatividad. Las rutinas, tan esenciales en los primeros años de vida y las actividades cotidianas de cada día pueden ser una gran ayuda en la educación de la creatividad. Vestirse, remover el cacao, limpiarse los zapatos, ordenar la habitación,… además de hábitos pueden ser también estrategias de creatividad si dejamos la libertad suficiente para que las resuelvan creativa y autónomamente. A excepción de unas pocas cosas que han de ser exactamente de una manera determinada y en las que debemos ser muy exigentes, queda un gran espacio para que el niño resuelva otras tareas de manera creativa y pueda organizarse por sí mismo. Aprovechar las rutinas cotidianas como retos para el niño puede ser muy beneficioso y  -a veces por prisa, por un exceso de protección, por miedo al descontrol o a un resultado final poco atractivo- les ayudamos en exceso o les resolvemos problemas que en realidad no son problemas sino retos.  Las rutinas son convenientes: las horas de levantarse, de acostarse, los rituales que les ayudan a la hora de ir a dormir… Estas rutinas no impiden la creatividad, ofrecen al niño una estructura y una seguridad fundamental que ordena su vida y facilita que su inteligencia pueda centrarse en tareas más creativas y proyectos más complejos.  En realidad se trata de enriquecer las rutinas, y dentro de un orden y unos límites claros,  permitir sus propias creatividades y autonomía. Hay límites fundamentales para cada familia, aula escolar, grupo, que los niños deben conocer y que son intocables, pero no todo puede ser intocable. Queremos que sean creativos, pero cuando son creativos, no se lo permitimos y ahí tenemos un problema. La autonomía favorece la creatividad, pero  teniendo en cuenta que la autonomía se conquista, no se impone.  El niño no debería sentirse angustiado si aun no sabe hacer algo, ha de sentir nuestro apoyo a la vez que nuestra confianza en sus posibilidades. Como todo en educación, es un equilibrio difícil que también exige nuestra flexibilidad.

Con frecuencia se dice que los niños pierden creatividad, brillantez en el dibujo, espontaneidad, expresividad  a medida de que crecen; no es que pierdan creatividad sino que ganan miedo a hacerlo mal, a salirse de la norma, a ser reprendidos. Aprender a combinar la necesaria educación y aprendizaje de las normas con el respeto por sus propias maneras de hacer y sus ideas es un equilibrio fundamental para educar personas creativas a la vez que socialmente respetuosas. Ambos aspectos son importantes: el autocontrol y obediencia a lo establecido por un lado y la capacidad de organizar y dirigir nuestras vidas con autonomía personal y creatividad más allá del cumplimento de órdenes por otro. Existe aún una cierta rigidez en la educación que proviene de la educación del siglo XIX cuando, en plena era industrial, resultaba necesario formar sujetos dóciles capaces de adaptarse a un mundo laboral estricto y bien reglamentado. Nuestra manera de trabajar y de entender el mundo ha cambiado, pero el sistema escolar sigue siendo muy similar al del siglo XIX.

Esto es aún más alarmante cuando se lleva una serie de normas rígidas a campos intrínsecamente creativos como el arte privando al niño de cualquier espacio de creatividad; es bastante frecuente observar aulas de educación artística donde se reduce la creatividad a pintar una fotocopia, estampar -con la maestra agarrando la manita- la huella de su palma sobre el papel, copiar de manera mimética un modelo pictórico o pintar “sin salirse de la raya”. En los espacios y tiempos dedicados a la creatividad -que no deberían ser únicamente los de plástica- hemos de dejar más espacio al ensayo prueba-error, al juego, a la experimentación y a la búsqueda personal de soluciones, entendiendo que este proceso de aprendizaje debe ser observado atentamente sin aceptar cualquier cosa como buena, pero sin rechazar de antemano ninguna cosa. Enseñando al niño a evaluar sus propios procesos para distinguir si aquello funciona, si es verdaderamente creativo o si debe ser mejorado. Considerando estos momentos tan fundamentales como los dedicados al aprendizaje de la lectura o de las matemáticas y no entendiéndolos como un pasatiempo para pasar el rato mientras otros niños acaban sus tareas. Los espacios de creatividad en de la escuela no deberían convertirse en un ratito para hacer manualidades absolutamente pautadas.

Por otro lado y en sentido contrario, JA Marina advierte que, erróneamente, “hay escuelas que piensan que para no destruir la creatividad infantil es mejor que los niños no aprendan nada, que se dejen llevar por su espontaneidad, porque toda acción educativa esteriliza” (Marina: 2013, p.13). Educar en creatividad no significa no enseñar nada, ni dejar hacer sin intervenir. Esta actitud puede ser tan perjudicial como la del exceso de directivismo. La creatividad necesita un acompañamiento que ayude a verificar los resultados de la búsqueda, que motive, que aporte referentes y modelos, que dialogue o incluso contradiga respetuosamente, que proponga retos motivadores… “El talento no está antes, sino después de la educación” (Marina: 2012, p.13). Este ha sido un importante problema de la tendencia autoexpresionista en educación artística [15] Esta tendencia que se impuso tras la segunda guerra mundial y aún pervive en muchas escuelas, consiste en dejar hacer libremente al niño para que pueda expresarse con libertad y así sacar fuera su interioridad y posibles problemáticas. Detrás de este deseo noble de que el niño se exprese espontáneamente sin ninguna restricción ni orientación y de que el arte le ayude a ser un individuo más sano, ha habido una cierta negligencia docente o confusión. Esta tendencia ha ido degenerando en un continuo dibujo libre o “expresividad- experimentación” un tanto alocada, que en lugar de ayudar a crecer a los niños en creatividad ha agrandado el prejuicio del talento (“yo no sirvo para esto”) o de la inutilidad del arte (“qué tontería, los artistas están locos”). Ninguna materia o habilidad mejora gracias a la negligencia pedagógica. La necesaria autonomía y experimentación no está reñida con  las buenas preguntas, los límites que suponen retos y obligan a pensar más, la crítica constructiva, la evaluación, el aporte de referentes, etc. El artículo de Eisner,” Ocho importantes condiciones para la enseñanza y el aprendizaje en las artes visuales” es de gran ayuda para repensar esta idea de la espontaneidad en el arte y propone ocho condiciones básicas que deberían cumplirse en educación artística y que ayudan a planificar una programación artística.

Los espacios específicos de desarrollo de la creatividad no son espacios de juego libre sin ningún objetivo, en que la maestra solo controla el orden, pero no sabe qué está pasando ni que está aprendiendo el niño. Deberían ser espacios pedagógicos -diferentes- pero valorados y evaluados como tales.  En la escuela debe haber espacios y tiempos en que no se diga al niño todo que debe hacer y cómo hacerlo, espacios en los que  pueda aprender sus propias estrategias de trabajo y comprobar si funcionan o no, a la vez que espacios más pautados donde el niño debe aprender estrategias que quizá nunca aprendería solo. Ambos tipos de procesos pueden convivir simultáneamente como conviven de hecho ambos tipos de pensamiento.

Hay metodologías pedagógicas que favorecen más el pensamiento creativo de los niños. “Las nuevas metodologías que están arraigando con fuerza en distintos centros escolares son una gran oportunidad para dar cabida a estas nuevas competencias. Entre ellas, destacamos el trabajo por proyectos, el aprendizaje basado en problemas, el aprendizaje cooperativo y colaborativo, y el aprendizaje-servicio. Todas ellas tienen unas características comunes que las hacen idóneas para fomentar la creatividad y el emprendimiento: son de base constructivista, ya que el alumnado es parte activa y principal de los procesos de aprendizaje; son globales y no se basan en contenidos preceptivos e incuestionables. Dan a entender que el conocimiento es muy vasto, debatible y está en continua evolución (…) “Conseguir que el niño se implique de manera activa, emocional, reflexiva y relacionada con sus propias vivencias son algunas de las claves que favorecen el pensamiento creativo y que todos compartimos, pero de manera paralela y a veces poco consciente, perviven metodologías en que el protagonismo recae sobre el docente y el niño pasa a ser un “espectador” y no un agente activo de su propio aprendizaje. La estructura del aula, la organización de los espacios y los tiempos, las dinámicas de grupo o  las metodologías, favorecen o dificultan el comportamiento creativo, pero es un campo aún poco estudiado que tenemos que ir acomodando con prudencia, pero con decisión.

Por último, si fomentamos nuestra propia imaginación pedagógica y no hacemos las cosas siempre de la misma manera también estaremos dando un buen modelo  de creatividad a nuestros alumnos.

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